Soy homosexual y no quiero serlo


Esuchar esta afirmación es muy ofensivo para algunas personas, pero otros se sentiran identificados.


Algunos asumen que si te sientes atraído por personas de tu mismo sexo, deberías de aceptar el estilo de vida homosexual sin renegar al respecto.


¿Pero qué hay de aquellos que no quieren el estilo de vida homosexual?


Por un lado, reciben el odio de la comunidad LGBT+ por no querer participar de ese estilo de vida, y por el otro, reciben rechazo de familiares y amigos por tener este sentimiento.


Sin embargo, existe una tercera alternativa.


En este artículo, estaremos contando la historia de uno de mis pacientes que no quería tener este sentimiento, y logró quitarselo.


Notas clínicas


Un paciente que tenía peculiaridades muy suyas, psicólogo y psicoterapeuta y además una persona con mucho rigor académico.


Recuerdo que las primeras tres o cuatro consultas parecía ese el tema principal. sin embargo, el tema real era revisar mi trayectoria académica.


Yo me sentía todo el tiempo observado, evaluado y calificado. Tenía la libertad de tomarlo o no como paciente, porque la situación era muy incómoda.


Sin embargo, logré percibir detrás de esa inseguridad y vacilación, a un hombre que en verdad estaba luchando.


Podía ver que se sentía muy mal por una atracción homosexual que nunca había pedido y que no deseaba.


Me mantuve atendiéndolo e incluso respondiendo algunos de sus cuestionamientos de índole personal, que yo no tenía como función en términos de su proceso.


Finalmente, este hombre con una mente muy aguda, abierta y principalmente con inteligencia, comprendió rápidamente el tema de su diseño. A partir de eso, le fue muy sencillo como psicólogo darse cuenta de que lo que sentía tenía que ver con su relación con su padre, madre y hermana.


Es importante comentar que a partir de que él se dio cuenta de esto, comenzó a resolver las cosas.


Desafortunadamente el tiempo y el cáncer no le permitieron culminar el trabajo con su mamá. Sin embargo, el trabajo que realizó con su papá fue suficiente para producir cambios importantes. Fue sanador.


En ocasiones como psicólogos nos confundimos cuando no tenemos mucha experiencia en esto.


Pensamos que si no hubo un evento traumático impresionante no hay suficiente daño y no es así. En muchas ocasiones, los daños pequeños, pero constantes son igual de corrosivos que los eventos traumáticos y espectaculares.


En cuanto a su testimonio, a mí, en lo personal, me gusta mucho, no sé si es porque se trata de un colega, pero me parece breve, conciso y poderoso por quien lo escribe.


Por lo que él estudió y a lo que se dedica, es un testimonio que espero que los demás colegas disfruten mucho.

El comienzo


Este pequeño escrito narra mi experiencia personal como paciente del tratamiento que me devolvió la tranquilidad después de muchos años.


Fueron años de inquietud, angustia y desesperación. Para mayor facilidad de lectura expongo esta historia en capítulos breves.


Vengo de una familia de clase media promedio, mis padres siempre trabajaron mucho para darme lo mejor. No obstante, la dinámica familiar siempre fue disfuncional.


Esto me generó ciertos problemas que a la postre contribuyeron a la aparición de pensamientos que me generaron mucho sufrimiento.


Recuerdo mi infancia feliz, me gustaba jugar fútbol, basquetbol e incluso me gustaban los deportes de contacto como el karate.

Con mis amigos gozaba mucho la práctica de estos deportes, aunque en algún punto me sentía inferior a los demás. A veces pensaba que no era lo suficientemente bueno como para estar a la altura de ellos.


Recuerdo que siempre anhelé un hermano mayor que me ayudara a sentirme más seguro.


Extrañé en algunos momentos a papá con alguna palabra de aliento al respecto, pero solo estaba ahí mamá apoyando en la mayoría de las ocasiones.


Llegó la secundaria y mi rendimiento era promedio. Me mantenía un tanto alejado del contacto social, no era el más popular, pero sabía cómo arreglármelas para tener amigos.


Las niñas me gustaban mucho, pero no sabía de qué manera acercarme a ellas, me daban miedo. Por ello, optaba por no hablarles más que amistosamente, nunca amorosamente.


Fue en esta época de mi vida que me surgió el interés por observar a la gente. Lo hacía durante horas para entender su comportamiento.


En la preparatoria seguí teniendo mucho interés en las niñas, me gustaban mucho, pero seguía con la misma timidez y miedo para hablarles.


Pese a la timidez, mi vida transcurría sin problemas. Iba a la escuela, estudiaba, salía con amigos, cumplía con las labores del hogar y así día tras día.


Un día la preparatoria terminó y decidí estudiar las ciencias de la mente y la conducta y entonces todo cambió.

Aparecen la angustia y el sufrimiento


Durante la universidad observaba que mis amigos tenían novias y disfrutaban de su compañía.

Yo, en cambio, permanecía solo y, a decir verdad, frustrado, por no poder consolidar una relación.


Recuerdo que en algunas pláticas mis amigos e incluso sus padres, me preguntaban ¿Por qué? Los aventurados decían: ¿No será que eres homosexual? aunque “no eres amanerado ni nada”.

Es un hecho que a la gente que no ha tenido experiencia con el sexo opuesto a estas alturas se cuestiona si no “batea para el otro lado”. Tristemente esta idea se quedó grabada en mi mente.


Pasaba días pensando en esa posibilidad y me resultaba amenazante la idea de que esto pudiera convertirse en realidad. Era una duda constante sobre mí que fue el calvario durante mucho tiempo.

Las clases en la facultad donde se hablaba del tema del desarrollo psicosexual. En ellas pensaba en los factores psicológicos que causaban este tipo de problemas y me sentía identificado. Analizaba la falta de identificación con mi padre, a quien veía como malo, perverso y débil, todo a la vez.


Ese había sido un discurso permanente y recurrente de mi madre que había logrado meterse en mi cabeza haciéndome creer que solo ella merecía la pena.


Mentiría si dijera que existió algún deseo o fantasía de tener algún encuentro sexual con el propio sexo. Nunca observé pornografía homosexual ni tampoco existió práctica alguna. Sin embargo, el miedo de que esto pudiera ocurrir en algún momento y la idea sobre mi identidad tambaleante, seguía en pie.


Durante mucho tiempo traté de cimentar mi identidad a partir de diferentes argumentos que pudieran darme alguna sensación de tranquilidad. Argumentos como “yo jugué fútbol”, “me gustan los deportes”, “no soy amanerado”, “nunca he tenido una práctica homosexual”, “siempre me han gustado las mujeres” entre otros.


Todos sin un verdadero éxito, ya que la idea persecutoria de mi homosexualidad continuaba.


Un avance en mi vida, pero…


Decidí dar rienda suelta a mis deseos de superar mis miedos y tener novia con el fin de ganarle a las inseguridades.


Empecé a tener novias que me hacían sentir bien, las quería y la pasaba bien.


En el terreno de mis dudas esto me ayudó a sentir tranquilidad por un tiempo, pero no una calma constante o permanente.

Mis miedos seguían ahí, yo sabía que lo aconsejable sería iniciar un tratamiento psicológico. El objetivo era cambiar o corregir aquellos momentos de mi vida que hicieron que yo tuviera estos temores.


La idea de solicitar ayuda me confrontaba con la posibilidad de que, al exponer mis problemas y miedos, el terapeuta se fuera por otra ruta.

Era posible que me dijera que no debería tenerle miedo a la homosexualidad y que mis miedos eran absurdos.


Cabe mencionar que, para los profesionales de la salud mental, la homosexualidad es algo normal e incluso en algunos casos es visto como algo bueno, recomendable.

Me gradué de la carrera y a pesar de tener un profundo conocimiento de la mente, pues había estudiado mucho, continuaba padeciendo.


Quizá ahora entendía algunas cosas sobre lo que me pasaba, pero no lograba estar bien del todo. Fue así que decidí entrar a terapia. Pasé por 3 terapias distintas y, aunque no niego que la intención de ayudarme era buena, el éxito fue moderado en puntos no relacionados con la identidad. En algunas cosas mejoré, pero en otras seguía igual.


Pasó el tiempo y me di cuenta que es poca la gente que profesionalmente se dedica a trabajar con el tema de identidad.


En mis búsquedas me encontré con la Asociación NARTH de los EE.UU. Me puse en contacto con ellos y me dieron el contacto del psicólogo mexicano Everardo Martínez, quien es experto en estos temas.


Guardé la información y al fin, un buen día, decidí ponerme en contacto con él. La experiencia en un inicio la calificaría de muy extraña.

El inicio al camino de la sanación


Me encontré con un psicólogo completamente diferente a los que yo conocía, un psicólogo que me hablaba de tú a tú, sin la parafernalia tradicional de la psicología.

Él se ofertaba con una propuesta contraria a lo que decían las asociaciones Psiquiátricas y Psicológicas Americanas.


Me hablaba de Dios en consulta, claro siempre pidiéndome permiso para hacerlo y ofreciéndome la opción de no tocar el tema si a mí no me parecía prudente.

Estas situaciones aunadas a mis miedos de pensar de que no había esperanza de mejorar, me hicieron pensar en dejar el tratamiento al inicio y, de hecho, se lo comenté.

Sin embargo, al mismo tiempo me di cuenta que me había encontrado con alguien que me apreciaba y que realmente estaba preocupado por mí. Podía notar claramente que quería ayudarme y enseñarme que mis miedos tenían solución, así que decidí continuar.


Everardo me dijo que le diera una oportunidad al tratamiento que me ofrecía y hoy le estoy infinitamente agradecido por convencerme de no dejar su consulta.

El tratamiento


Desde el minuto 1º de la consulta, Everardo, incluso sin conocerme, me aseguró que yo era heterosexual. Me afirmó que las dudas con las que lidiaba no provenían necesariamente de mí. Esto, aunque desconcertante fue crucial para reconocer los cimientos de mi diseño. Con el transcurrir de las sesiones fuimos platicando y trabajando en:


I. Separarme mentalmente de mi madre.

II. Acercarme a papá.

III. Reconstruir la imagen de mi padre.

IV. Superar miedos a través de cuestionarlos.

V. Acercamiento a Dios.


El antes y el después


A continuación, les dejo algo que le escribí a mi madre hace tiempo:

“Mamá, siempre escuché de ti como hablabas de nuestra relación como si tú y yo fuésemos uno solo, pero esto no era posible. Siempre fuimos personas independientes, aunque tú seas mi madre y yo tu hijo. Recuerdo que, al comentarte de mi vida, tu siempre decías “vamos a ver que hacemos”.

Aunque entiendo que en tu cabeza la idea fue ayudarme, parece que tú piensas que somos uno solo.

Seguramente así lo pensaste siempre, esto generó una influencia negativa en mí y me generó la pregunta de ¿Por qué siempre quisiste fusionarte conmigo? Esto me desesperaba, me reventaba, no lo soportaba, la realidad es que no puedo ser como tú, no quiero ser como tú y punto.

“No con esto quiero decir que rechazo tu cariño, ese está presente en ambos. Sin embargo, ya no puedo ver la vida desde tu óptica, los pensamientos de que mi padre es lo peor del mundo ya no los creo.

Mi papá es una gran persona y espero seguir encontrando todo lo bueno que él tiene: un hombre exitoso, bueno con los demás, alguien que se quita el pan de la boca para dárselo a otro, alguien con mucho cariño para con sus hermanos, un buen compañero de trabajo y buen amigo, un ejemplo a seguir profesionalmente según me cuentan sus amigos y un padre preocupado por mí.

Voy a seguir defendiendo esta verdad a pesar de lo que sea, incluso a pesar de ti mamá.

“Aprendí a ver el mundo con tus ojos mamá, pero ese no soy yo, como si de pronto la vida me hubiera dado unos lentes que no pedí. Lentes que además nublan mi visión natural, hoy veo con mis pupilas y esto no tiene precio.

Te quiero mucho, mamá, pero hoy doy mis propios pasos”.


Por otro lado, aprovecho este párrafo para poder contarles un par de pasajes de mi vida que ejemplifican el cam bio que viví. Recuerdo ser adolescente y haberme enojado con mi padre por no haberme reconocido después de un evento deportivo.


Camino de regreso a casa, no me dijo nada, yo me enojé y la sensación de frustración me llevó a retarlo a mitad del camino. Quería que nos liásemos a golpes para expresarle a través de los puños la necesidad que tenía de que me distinguiera como alguien importante.

Quería que apreciara las cosas que hacía (ese era el yo de antes). Afortunadamente entro la cordura en él y trató de dialogar para no llegar a eso.

Años después, mi padre y yo caminábamos cuando de pronto por roces de la calle un desconocido entró en fricciones con mi padre. Yo me molesté con este individuo, sabía que tenía que sacar la cara, tenía que atacar y defender a papá como si un instinto innato me lo demandara.

No me siento orgulloso de una riña callejera, pero ese día la pelea no fue contra papá sino en defensa de él. Al final él estuvo orgulloso de mí, recuerdo que me sentí pleno (afortunadamente ese es mi yo de ahora).

Lo que viene


Hoy estoy convencido de quién soy, sé que vendrán muchos nuevos retos, desafíos y argumentos que me cuestionen con la verdad. No todo ha sido, ni es miel sobre hojuelas.

En la terapia Everardo me advirtió de que no todo lo que pasa por mi cabeza me pertenece. Hay batallas diarias que enfrentar, pero es muy diferente afrontar la vida cuando sabes quién eres.

Sabiendo por donde caminas sin dudar de lo más esencial que es el sí mismo, sin duda ha calmado la gran angustia con la que yo vivía.


Es importante para mí mencionar, que actualmente estoy contento, en una relación de pareja con mi novia y que en un futuro me visualizo formando una familia.


Conclusión


Esta historia tal vez será incomoda para algunos, pero para otros será sumamente de ayuda.


Si te gustó, compartela con algún amigo, y si necesitas la ayuda de un consejero preparado que te pueda ayudar a resolver cualquier duda, en VenSer tenemos psicólogos profesionales que te pueden escuchar.


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